HAY QUE TIEMPOS SEÑOR DON SIMON.

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JUEGOS. – El suave aire de la noche contrastaba con el fuerte brillo de la luna en el firmamento, a una hora especifica que ya teníamos en la mente, la calle Moctezuma comenzaba a llenarse de vecinos que salían a disfrutar de la belleza del instante, mientras que los jóvenes nos juntábamos a jugar de las diversiones del momento, en los pueblos pequeños la mayoría de los habitantes se conocen, y por ello pronto se ponían de acuerdo que se jugaría aquella noche. Se comenzaba algunas veces con –pájaro vuelve a tu jaula- pronto se hacían los grupos, unos comandados por Lola y Josefina de la Riva, mientras que el otro por Yolanda mi hermana, o la Nena Rodarte, pronto se armaba la correteadera de muchachos para que no los alcanzaran, y cuando nos aburríamos los adultos organizaban carreras alrededor de la manzana de la Moctezuma y 5 de mayo, nos ponían en la mitad de la cuadra, de donde pendía un foquito de 100 wats, que apenas alcanzaba a alumbrar una pequeña parte de la cuadra, para poder correr con mayor velocidad, nos quitábamos los zapatos que aventábamos al interior del zaguán y a pata de perro como decían, velozmente recorríamos aquella manzana para ganar un jugoso premio que era de veinte centavos, que generosamente ofrecía don Enrique Duarte, juez en aquel entonces de los civil en la Presidencia Municipal, cuando ganábamos aquel gran tesoro corríamos a la esquina de la calle san Luis en donde estaba una panadería de don Vicente, para comprarnos una sabrosa pieza que llamábamos terrones, pero antes de entrar nos burlábamos de su anuncio que tenía en un pizarrón a la entrada de su local y decía.

ATOM- ARZU- PANGRA- CIAS. Pues las palabras no cabían en el corto espacio.

 

LOS MUCHACHOS MAS TRAVIESOS. – Por nuestra parte en el día, nos íbamos por la orilla del río chiquito, que atravesaba la ciudad, por debajo de lo que ahora es el mercado municipal y a su costado crecía muchos carrizos, que cortábamos y hacíamos pequeños trozos como cerbatanas, y subíamos a los árboles truenos que también se encontraban a lo largo de la calle san Luis y cortábamos las bolitas que desgranábamos y nos metíamos en la boca para tirarlas a las niñas como cerbatanas con la frase –Póngase medias- y le soltábamos el disparo, con el -AY- de dolor que le precedía, al poco rato los padres de las  pequeñas acudían a quejarse con nuestro padres quienes nos ponían fuertes tundas de corrección, pero lo travieso no se nos quitaba.

 

EL JARDÍN. – El jardín Rafael Paez, era sin duda una hermosura, los prados eran una policromía de colores con sus rosales llenos de botones o de rosas abiertas que adornaban y dejaban correr un fresco y aromático perfume, enormes rosales de rosas aéreas que hacían bajos sus tallos un invisible escondite para las parejas que daban rienda suelta a su amor sin que la gente les viera y perturbara, a sus alrededores grandes macetones de geranios, pensamientos entre otra variedad de hermosas y coloridas flores, en tiempos anteriores me platican que estaba sembrado de olorosa matas de mariguana que por las noches soltaban aquel perfume de pachuli que deleitaba a las familias que paseaban por estos lugares con sus familias. –el uso de la mariguana como enervante en estos tiempos no se conocía, hasta que llegaron las tropas del general Tafoya, quienes encontraron un paraíso con este enervante, y de paso les enseñaron a los jerezanos a consumirla.

 

RECORDAR ES VOLVER A VIVIR. – Cuando se juntan las personas mayores por lo regular casi es seguro que se ponen a recordar sus tiempos idos, esto viene a colación por que el lunes pasados escuchaba la conversación de varias mujeres que reunidas en una finca frente a la alameda Francisco García Salinas, en las ya pocas huertas que abundaban en Jerez, que hicieron una comida para reunir a la familia. Y que recordaban los tiempos en que eran jovencitas, recordaban la acequia que irrigaba los árboles frutales que se daban en esta que era una gran huerta de toda la calle del ciprés, ¿se acuerdan cuando nos bañábamos en la acequia que venía del compartidor y que los lunes y los jueves nos abrían la compuerta para regar esta huerta, en donde había y hay, nogales, moras, capulines, membrillos, manzanas, y un sinfín de frutas que utilizábamos para hacer conservas, pasteles, dulces, cajetas, y teníamos como siembra calabazas, zanahorias, rábanos, y sobre todo gran variedad de flores que vendíamos a la gente para adornar los templos, para dar de regalo, para el día de muertos, y muchas cosas más, vendíamos en el jardín los domingos. Pues no había florerías y esto lo aprovechábamos para obtener recursos para los útiles de la escuela.